Cada vez que alguien propone que un colegio público no imponga una religión, o que un acto oficial del Estado no abra con una oración, aparece la misma respuesta: “¿ahora quieren que seamos ateos?”. Es una confusión tan extendida como equivocada, y vale la pena desarmarla con calma, porque de ella depende buena parte de cómo entendemos la convivencia entre creyentes y no creyentes en un país con la diversidad religiosa creciente que tiene Colombia hoy.
Dos preguntas distintas
El ateísmo responde a una pregunta metafísica: ¿existe o no existe una divinidad? Es una postura personal, filosófica, que cada quien sostiene o rechaza según su conciencia, su formación y su experiencia.
La laicidad responde a una pregunta completamente distinta, de naturaleza institucional: ¿debe el Estado tomar partido en esa pregunta metafísica? La respuesta laica es que no. No porque la fe carezca de valor, sino porque el Estado gobierna a creyentes de todas las tradiciones y a quienes no profesan ninguna, y su legitimidad depende de tratarlos a todos con el mismo rasero.
Un Estado laico no le dice a nadie qué creer. Le dice al propio Estado qué no puede hacer: no puede financiar preferentemente un culto, no puede imponer un catecismo en la escuela pública, no puede convertir un símbolo religioso particular en símbolo oficial. Eso no es hostilidad hacia la religión. Es, exactamente al revés, la condición que permite que todas las religiones —y también la ausencia de ellas— convivan en pie de igualdad ante la ley.
Por qué la confusión no es inocente
Esta confusión rara vez es un simple malentendido semántico. Con frecuencia funciona como estrategia retórica: si se logra convencer a la opinión pública de que pedir neutralidad estatal equivale a pedir la erradicación de la fe, cualquier reforma laicista puede pintarse como una agresión civilizatoria, y no como lo que realmente es —un ajuste de las reglas de juego para que el Estado deje de privilegiar a una tradición sobre las demás—.
El resultado práctico es que el debate se polariza entre dos bandos que no existen en la realidad: “los que quieren imponer el ateísmo” contra “los que quieren imponer la fe”. Se pierde de vista la enorme mayoría de personas —creyentes practicantes incluidos— que simplemente quieren que el aparato estatal no favorezca a una confesión sobre otra.
Los propios creyentes deberían defender la laicidad
Vale la pena decirlo con todas sus letras: la laicidad protege también a las minorías religiosas y, en última instancia, protege incluso a las mayorías religiosas de la instrumentalización política de su fe. Un Estado que privilegia una religión hoy puede, con un cambio de gobierno o de mayoría demográfica, privilegiar otra mañana. La única garantía estable para cualquier creyente de que su culto no será perseguido ni cooptado por el poder de turno es, precisamente, un Estado que no tenga religión propia.
Vistos así, laicidad y libertad religiosa no son fuerzas opuestas. Son la misma exigencia mirada desde ángulos distintos: que la conciencia de cada persona —crea lo que crea, o no crea nada— quede fuera del alcance del poder político.
Una aclaración necesaria, no un capricho semántico
No se trata de pedantería lingüística. Mientras el debate público siga tratando “laico” como sinónimo de “ateo”, cualquier propuesta de neutralidad estatal seguirá leyéndose como un ataque a la fe, y cualquier defensa legítima de la libertad religiosa seguirá leyéndose como una defensa del statu quo confesional. Ninguna de las dos lecturas es correcta, y mientras no las separemos, seguiremos discutiendo con las categorías equivocadas.
Vale reconocer que esta no es una discusión cerrada: algunas corrientes religiosas y conservadoras sostienen que cierta presencia de valores religiosos mayoritarios en lo público refleja la identidad cultural de una nación y no equivale a discriminación, mientras que otras posturas laicistas más estrictas defienden una separación aún más radical que la que aquí se plantea. Pero para tener esa discusión con seriedad, primero hay que dejar claro que laicidad y ateísmo no son la misma cosa. Ese es el primer paso, no el último.